Cuando pensamos en judo, casi siempre lo asociamos al tatami: entrenamientos, randori, competiciones, exámenes de cinturón. Pero con el tiempo me he dado cuenta de que el judo no se queda ahí. Entrenar judo es importante, sí, pero vivir el judo es otra cosa.

En este episodio quería reflexionar precisamente sobre eso: qué significa ser judoka cuando no llevamos el judogi puesto, cuando no hay tatami delante y cuando nadie nos está mirando.

El judo no se queda en el tatami

Durante mucho tiempo creemos que el judo empieza al pisar el dojo y termina cuando nos cambiamos y nos vamos a casa. Pero tarde o temprano entendemos que no funciona así.
El judo acaba influyendo en cómo nos relacionamos, en cómo afrontamos los problemas del día a día y en cómo nos comportamos con los demás… y con nosotros mismos.

Ser judoka no es solo saber proyectar o memorizar técnicas en japonés. Es una forma de estar en el mundo.

Caerse fuera del Dojo también es judo

En el tatami aprendemos a caer desde el primer día. Fuera del dojo también nos caemos: errores, fracasos, decisiones equivocadas, momentos en los que nada sale como esperamos.

Ser judoka fuera del tatami no significa no caerse, sino saber levantarse sin dramatizar, sin victimismo y sin excusas. Igual que en el judo: te caes, analizas, ajustas y sigues.

La disciplina que nadie ve

Entrenar cuando tienes ganas es fácil. Lo difícil es hacerlo cuando estás cansado, cuando el día ha sido largo o cuando no apetece nada.

Esa disciplina silenciosa del judo se traslada fuera del club: cumplir lo que dices, ser constante aunque nadie te aplauda y seguir tu camino sin buscar reconocimiento. Un judoka disciplinado en el dojo suele serlo también en la vida.

El respeto como base

En judo saludamos antes y después de cada combate. Y ese gesto no es un simple protocolo.
Fuera del dojo, el respeto se traduce en escuchar antes de hablar, no imponer, no despreciar opiniones y tratar a los demás con dignidad, incluso cuando no piensan como tú.

Un judoka no necesita demostrar nada constantemente. Su actitud habla por él.

El combate contra el ego

Dentro del tatami luchamos contra un oponente. Fuera del dojo, muchas veces el combate es interno: el ego, el orgullo, la necesidad de tener siempre la razón.

Ser judoka también es saber cuándo no hace falta ganar. A veces el silencio es más inteligente que cualquier respuesta. Ese randori interno es uno de los más difíciles… y de los más importantes.

Paciencia y proceso

En el judo no hay atajos. Nada se aprende en un día. Incluso las técnicas que creemos dominar siempre tienen algún detalle que mejorar.

Esa mentalidad nos ayuda fuera del tatami a no frustrarnos cuando los resultados no llegan rápido. El progreso real es lento, y la constancia casi siempre vence a la prisa.

Humildad para seguir aprendiendo

El cinturón no define a nadie. Ni dentro ni fuera del tatami.
Ser judoka es entender que siempre puedes aprender de alguien: del sensei, de un compañero, de alguien con más o menos experiencia que tú.

La humildad mantiene la mente abierta, y una mente abierta aprende mucho más.

Responsabilidad personal

En el judo no puedes engañarte durante mucho tiempo. Si no entrenas, se nota. Si no practicas, se nota.

Fuera del dojo pasa lo mismo. Ser judoka es asumir responsabilidad por tus decisiones, tus errores y tu camino, sin culpar siempre a factores externos. Aprender y mejorar depende, en gran parte, de uno mismo.

El judo como brújula

Con el tiempo, el judo se convierte en una especie de brújula interna. No te dice exactamente qué hacer, pero sí cómo hacerlo: con calma, respeto, constancia y humildad.

Para mí, eso es lo que define a un judoka. No solo lo que hace en el tatami, sino cómo vive cuando no hay tatami delante.

Porque el judo, al final, no se queda en el dojo.

El judo se vive.

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