Cuando alguien empieza judo, suele hacerlo por razones bastante parecidas.

Algunos buscan ponerse en forma. Otros quieren aprender defensa personal. Hay quien llega porque vio una competición, porque un amigo le habló de este deporte o simplemente porque buscaba una actividad diferente.

Pero casi nadie empieza judo pensando en entrenar su mente.

Yo tampoco lo hice.

Como muchos judokas, mis primeras preocupaciones eran mucho más simples: aprender a caer sin hacerme daño, entender cómo agarrar correctamente el judogi o conseguir ejecutar una técnica sin perder el equilibrio en el intento.

Todo parecía girar alrededor del cuerpo.

Sin embargo, después de años entrenando, me di cuenta de algo curioso: algunos de los cambios más importantes que el judo había provocado en mí no tenían nada que ver con la fuerza, la velocidad o la condición física.

Tenían que ver con la forma en la que reaccionaba ante los problemas.

Con la manera de gestionar la frustración.

Con la paciencia.

Con la capacidad de mantener la calma cuando las cosas no salen como esperaba.

Y creo que es algo que muchos judokas experimentan sin darse cuenta.

El judo empieza en el cuerpo, pero termina en la mente

Cuando observamos a dos judokas combatiendo, lo primero que vemos son movimientos.

Agarres.

Desplazamientos.

Proyecciones.

Pero debajo de todo eso ocurre algo menos visible.

Antes de cada acción existe una decisión.

Antes de cada técnica hay una observación.

Antes de cada movimiento hay una reacción mental.

Por eso siempre he pensado que la primera batalla en el tatami no se libra contra el rival. Se libra contra uno mismo.

Todos hemos vivido momentos así.

Llegas al entrenamiento después de un día complicado.

Estás cansado.

Frustrado.

Distraído.

Y de repente descubres que ninguna técnica sale como debería.

No porque hayas olvidado cómo hacerla.

Sino porque tu cabeza está en otro sitio.

Con el tiempo entiendes que la calidad de tu judo depende muchas veces del estado de tu mente.

Y que aprender a gestionar eso también forma parte del entrenamiento.

Antes de controlar al rival, tienes que controlarte a ti mismo

Hay una frase que he comprobado una y otra vez durante los años que llevo practicando judo:

Antes de controlar al oponente, tienes que controlarte a ti mismo.

Parece una idea sencilla, pero encierra mucho más de lo que parece.

Un judoka que se acelera pierde claridad.

Pierde equilibrio.

Pierde timing.

Empieza a reaccionar en lugar de actuar.

Y eso ocurre tanto en competición como en un simple randori de entrenamiento.

Por eso la respiración tiene un papel tan importante.

Respirar no es solo una función automática del cuerpo.

También es una herramienta para recuperar el control.

Para bajar revoluciones.

Para volver al presente.

Para observar antes de actuar.

Muchas veces la diferencia entre una buena decisión y una mala no está en la técnica que conocemos, sino en el estado mental desde el que la ejecutamos.

El entrenamiento invisible que todos hacemos

Hay una parte del judo que rara vez aparece en los vídeos de internet o en los resúmenes de competición.

Es la parte menos espectacular.

Pero probablemente también sea la más importante.

Consiste en algo tan simple como esto:

Caer.

Levantarse.

Corregir.

Volver a intentarlo.

Y repetir el proceso cientos o miles de veces.

Todos los judokas conocen esa sensación.

La técnica no sale.

El compañero te proyecta una y otra vez.

Cometes el mismo error durante semanas.

Y aun así vuelves al entrenamiento siguiente.

Desde fuera parece que estás practicando una técnica.

Pero en realidad también estás entrenando tu paciencia.

Tu capacidad para tolerar la frustración.

Tu disciplina.

Tu perseverancia.

Los uchi-komi son un buen ejemplo.

A simple vista son repeticiones mecánicas.

Pero después de cientos de sesiones entiendes que también son un ejercicio mental.

Te enseñan a confiar en el proceso incluso cuando todavía no ves resultados.

Y esa es una habilidad que sirve tanto dentro como fuera del tatami.

Cada caída enseña algo

Una de las lecciones más valiosas del judo es que caer no significa fracasar.

Significa aprender.

Es una idea que escuchamos muchas veces, pero que adquiere un significado diferente cuando llevas años practicando.

Porque las caídas no ocurren solo durante los entrenamientos.

También aparecen en forma de derrotas.

De errores.

De objetivos que no alcanzamos.

De días malos.

Y el judo nos obliga constantemente a enfrentarnos a ellas.

No podemos evitar caer.

Pero sí podemos decidir qué hacemos después.

Por eso creo que cada caída tiene algo que enseñarnos.

A veces una corrección técnica.

A veces una lección de humildad.

Y otras veces simplemente la capacidad de levantarnos una vez más.

El equilibrio entre cuerpo y mente

Existe una tendencia a separar lo físico de lo mental.

Como si fueran dos mundos diferentes.

Pero en el judo ambos están profundamente conectados.

Puedes estar en una gran forma física y tomar malas decisiones porque estás nervioso o acelerado.

También puedes tener una mentalidad fuerte y descubrir que el cuerpo no responde porque necesita descanso.

El progreso aparece cuando ambas partes trabajan juntas.

Y quizá por eso el judo tiene tanto impacto fuera del dojo.

Porque las mismas herramientas que utilizamos sobre el tatami resultan útiles en la vida diaria.

Respirar antes de reaccionar.

Observar antes de actuar.

Aceptar los errores como parte del aprendizaje.

Mantener la calma bajo presión.

Son habilidades que sirven para un combate, pero también para una discusión, una entrevista de trabajo o cualquier situación complicada que podamos encontrar fuera del gimnasio.

La verdadera transformación ocurre por dentro

Cuando alguien lleva poco tiempo practicando judo, es fácil ver los cambios físicos.

Más fuerza.

Más coordinación.

Más resistencia.

Lo difícil es apreciar los cambios internos.

Sin embargo, son esos cambios los que suelen acompañarnos durante más tiempo.

Porque después de años entrenando descubres que el judo no solo te ha enseñado técnicas.

También te ha enseñado paciencia.

Humildad.

Disciplina.

Capacidad de adaptación.

Y una forma diferente de enfrentarte a los problemas.

Por eso creo que el judo es mucho más que un deporte.

Es una herramienta de desarrollo personal disfrazada de arte marcial.

Y quizá esa sea una de las razones por las que tantas personas siguen vinculadas al tatami durante décadas.

Porque el verdadero viaje no consiste únicamente en mejorar nuestro judo.

Consiste en mejorar a la persona que practica ese judo.

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