A nadie le gusta perder.

Da igual si hablamos de una competición importante, un examen de grado o simplemente un randori en el que las cosas no salen como esperábamos.

La derrota siempre deja una sensación incómoda.

Frustración.

Rabia.

Impotencia.

A veces incluso vergüenza.

Y sin embargo, después de muchos años practicando judo, he llegado a una conclusión que al principio me habría costado aceptar:

He aprendido mucho más de algunas derrotas que de muchas victorias.

Cuando empezamos en judo solemos asociar el progreso con ganar. Ganar un combate. Conseguir un cinturón nuevo. Ejecutar una técnica mejor que antes.

Es normal.

Pero con el tiempo descubres que el verdadero aprendizaje suele aparecer precisamente cuando las cosas no salen como esperabas.

Porque el tatami tiene una forma muy particular de enseñarte quién eres.

Especialmente cuando pierdes.

El tatami como espejo

Hay una razón por la que el judo resulta tan valioso más allá de la parte física.

El tatami funciona como un espejo.

Cuando todo va bien es fácil sentirse seguro, tranquilo y confiado.

La prueba llega cuando las cosas se complican.

Cuando te proyectan.

Cuando te inmovilizan.

Cuando pierdes un combate que pensabas que podías ganar.

O cuando descubres que el compañero al que solías dominar ahora te supera con facilidad.

Es en esos momentos cuando aparecen emociones que normalmente permanecen ocultas.

El orgullo.

La frustración.

La impaciencia.

El miedo.

Y aunque no siempre nos guste verlo, esas emociones también forman parte de nuestro entrenamiento.

Porque el judo no solo revela nuestras fortalezas.

También expone nuestras debilidades.

No existe progreso sin caídas

Si hay algo que cualquier judoka aprende desde el primer día es a caer.

Antes incluso de aprender a proyectar.

Antes de conocer los nombres de las técnicas.

Antes de entender qué es un combate.

Aprendemos a caer.

Y quizá eso ya nos está enseñando algo importante.

Porque la caída no es un accidente dentro del judo.

Es parte del proceso.

Nadie aprende sin equivocarse.

Nadie mejora sin fallar.

Nadie progresa sin atravesar momentos de frustración.

Sin embargo, fuera del tatami solemos olvidarlo.

Nos exigimos resultados inmediatos.

Queremos hacerlo bien a la primera.

Interpretamos los errores como señales de incapacidad.

Pero el judo nos recuerda constantemente algo diferente:

Caer no significa fracasar.

Significa que estás aprendiendo.

El error como herramienta de mejora

Uno de los cambios más importantes que he experimentado con los años es la forma de interpretar los errores.

Cuando somos principiantes, cada fallo parece una prueba de que no somos suficientemente buenos.

Pero con la experiencia entiendes que los errores son información.

Nada más.

Ni más ni menos.

Cuando una técnica no funciona, el objetivo no es castigarte.

Es comprender por qué no ha funcionado.

¿Entraste demasiado lejos?

¿Perdiste el equilibrio?

¿Llegaste tarde?

¿Te precipitaste?

El dojo nos enseña algo muy valioso.

Repetimos una técnica una y otra vez.

Corregimos.

Volvemos a intentarlo.

Y seguimos adelante.

Curiosamente, muchas veces somos más compasivos con nuestros errores en el tatami que en nuestra propia vida.

Quizá deberíamos aplicar el mismo enfoque fuera de él.

Menos juicio.

Más observación.

Menos castigo.

Más aprendizaje.

El verdadero combate ocurre dentro de nosotros

Cuando pensamos en judo solemos imaginar que el rival está delante.

Pero no siempre es así.

Algunas de las batallas más difíciles ocurren dentro de nuestra propia cabeza.

El ego que no acepta perder.

El orgullo herido.

La necesidad constante de demostrar algo.

El miedo a equivocarse.

La ansiedad por no estar a la altura.

Con el tiempo he llegado a pensar que gran parte del camino del judoka consiste precisamente en aprender a convivir con esas emociones.

No eliminarlas.

No ignorarlas.

Sino reconocerlas y seguir adelante a pesar de ellas.

Por eso conceptos japoneses como el Mushin —la mente libre de distracciones innecesarias— o el Heijoshin —la mente serena en cualquier circunstancia— tienen tanto sentido dentro del judo.

No porque nos conviertan en personas perfectas.

Sino porque nos recuerdan una dirección hacia la que avanzar.

La derrota también enseña respeto

Hay algo que siempre me ha gustado del judo.

Después del combate, ganes o pierdas, saludas.

Agradeces.

Reconoces al otro.

Ese pequeño gesto contiene una enseñanza enorme.

Porque nos recuerda que el objetivo no es destruir al rival.

Es crecer gracias a él.

Sin oponente no hay aprendizaje.

Sin resistencia no hay mejora.

Sin derrota no hay evolución.

Y cuando entiendes eso, la forma en que miras las caídas cambia por completo.

Lo importante no es cuántas veces caes

Con los años he dejado de medir el progreso únicamente por los resultados.

Porque he conocido judokas que ganaban mucho y aprendían poco.

Y también he conocido otros que perdían con frecuencia pero crecían constantemente.

La diferencia no estaba en el marcador.

Estaba en la actitud.

En la capacidad de levantarse una vez más.

De volver al dojo.

De seguir aprendiendo.

Por eso creo que la derrota nunca debería ser el final de nada.

En muchos casos es exactamente el punto donde empieza el aprendizaje más importante.

Y quizá la próxima vez que caigas —en una competición, en un entrenamiento o incluso fuera del tatami— merezca la pena recordarlo.

Porque en judo siempre estás entrenando.

Incluso cuando pierdes.

Deja un comentario